El Viaje Sostiene Pereira

CAPÍTULO I La carga en los muelles de Sevilla

Agustín trepaba a la cima de la montaña de bolsas y paquetes empuñando su cuchilla, repartía a su alrededor una serie de tajos, arrojaba una lluvia de bolsas desventradas a los de abajo y regresaba con ellos hasta que otro camión volviera a agregar más bultos a la montaña.

Pereira observaba divertido esa mecánica repetición simiesca del gallego una y otra vez, mientras se encargaba de sacar toda la ropa de las bolsas e irla clasificando en el interior de grandes cajas de cartón, o a otro gran montón como «inservible».

César de vez en cuando se paraba y quedaba indeciso, palpando entre sus dedos el tejido de un jersey o una cazadora, tratando de discernir la capacidad de abrigo de la prenda. Xose, el diminuto y moreno gallego, le recomendaba que no se quebrase mucho la cabeza.

—Tú imagínate que estás muerto de frío, el día de frío más malo que hayas pasado en toda tu vida, escoge la ropa que tú crees que te lo quitaría, y toda la demás al otro montón y ya está. Íbamos a necesitar diez barcos para llevar allí toda esta ropa…

Pereira se encontró un estupendo par de botas militares nuevas en su caja precintada. Agustín percibió al vuelo la codicia y la duda en la mirada de Pereira:

—No seas «pim—pim», y quédate con ellas si ves que te gustan…

—Si hay algo que les sobre a esa gente allí es ropa militar —agregó Xose— y a ti te van a venir de puta madre para currar en el barco.

Cesar dio una palmada en la espalda a Pereira mientras se calzaba las relucientes botas de largos cordones. Ander y Kepa llegaron sobre el tractor con una carga de palés.

—Venga, va, menos palique y a estibar palés de ropa joder que se está muriendo de frío la gente por ahí hostia…

Pereira y César se separaron del grupo a echar un cigarrillo, mientras ellos comenzaban a afanarse en formar bloques lo suficientemente uniformes con las cajas de ropa de abrigo.

—¿Tú cómo lo ves, Antonio, nos enrolarán estos de una puta vez o se irán y nos dejarán en tierra…?

Pereira aspiró hondo el humo de su cigarrillo mientras recorría los hormigueros de actividad recolectora que confluían en el barco.

—No, no nos van a putear de esa forma después de la paliza que nos estamos dando…

Hacía ya una semana que trabajaban estibando la carga del buque «M/V Patriarche», atracado en el puerto de Sevilla. El barco, arrendado por la «Fundación L. J. Engelsmajer», y tripulado por miembros de la misma, zarparía con una carga, recolectada por una serie de ONGs, de alimentos, medicinas y prendas de abrigo rumbo a la Yugoslavia en guerra del año 93, con objeto de socorrer a su atormentada población.

De entre los 16 alumnos de su clase de 4º de Patrón Mayor, Pereira y César eran quienes más se habían movido para tratar de lograr su primer embarque, con resultados más que decepcionantes. Por ello casi brincaron de sus pupitres cuando el tutor les comentó la posibilidad de ser enrolados en aquel buque y para aquella singladura, lógicamente sin contrato, como meros aprendices… Acto seguido, el profesor, vinculado a cierto sindicato, trabó contacto con el coordinador de las ONGs que organizaba la campaña de recogida, y este con los arrendatarios del buque, aquella asociación de rehabilitación de toxicómanos. Comoquiera que la tripulación estaba compuesta casi exclusivamente por heroinómanos en proceso avanzado de desintoxicación, sin destacarse precisamente por su experiencia náutica, no resultó demasiado difícil enrolar a aquellos dos voluntariosos marineros sevillanos.

Junto al punto de recogida de alimentos saludaron a las dos familias de refugiados bosnios, ajetreados en empaquetar la comida ofrecida por innumerables personas que se acercaban en sus vehículos particulares e iban dejando sus modestas aportaciones, sus paquetes de arroz, de legumbres, los saquitos de harina y las garrafas de aceite… Pereira le dio un codazo a su amigo cuando se cruzaron con Zana, la descomunal rubia de sonrisa caballuna, y esta le saludó de nuevo de aquella manera tan obsequiosa.

—Sí, Pereira, por Dios… —contestó Cesar enrojeciendo.

Los padres de familia, dos hombres canosos, entrados en la cincuentena, les saludaron a su vez y les pidieron por señas unos cigarrillos, y se sentaron en el suelo a fumarlos, cuchicheando a ratos con la mirada perdida por entre las pilas de cajas. A Pereira le chocaba en extremo el contraste entre el aire de desolación en la actitud pasiva de aquellos hombre, con la actividad incesante, agotadora, de las mujeres de sus mismas familias. Unos eran la viva imagen de la derrota, las otras, la de la resistencia y el coraje despreocupados y risueños.

Pereira se giró hacia el grupo de marineros del «Patriarche» y le preguntó a su compañero que qué opinaba.

—Pfff… pues ya ves… como no les caigamos bien, imagínate el coñazo de viaje que puede salir, —contestó César casi en un susurro— ¿te dije lo que me contó su coordinador, que hay cuatro con SIDA muy avanzado…?

—Sí, me lo dijiste… —repuso Pereira— aunque tampoco tenemos que acostarnos con ellos, ¿no?

—Hahaha, no… pero ya sabes, quieras o no se come uno el tarro…

—Bah, verás cómo no pasa nada.Caminaron lentamente hasta el grupo, que parecía hacer fiestas en torno a algún hallazgo.

En efecto, algún sevillano o sevillana había hecho gala de su mejor humor hispalense, y lo había enviado dentro de un saco de mantas y edredones: allí estaba, sobre el granito del puerto de Sevilla, aquel soberbio traje de flamenca rojo a lunares blancos, en bastante buen estado de conservación, con sus volantes y sus cintas de pasamanería. Sin duda, la mujer que lo llevó debía tener una figura impresionante.

—Hay que joderse, sí señor… —pensaba Pereira mientras meneaba la cabeza.

© 2007 Sostiene Pereira