El Viaje Sostiene Pereira

CAPÍTULO IV Recalada en Messina, mar antiguo en Tarento, el dispositivo de Otranto

El temporal en el Mar Jónico, cuya violencia había sido tan temida por el capitán que prefirió colocarse al resguardo de Sicilia hasta que se desvaneciera, había dejado tras de sí un mar de fondo considerable, que les acompañó durante toda la travesía del Golfo de Tarento.

Asomado a la borda de cubierta, Pereira contemplaba la inacabable sucesión de olas voluminosas pero inofensivas; lentas y cachazudas moles de agua con aspecto de redondeadas lomas que Pereira no podía evitar comparar con los hermosos y ondulantes trigales que se ven desde el tren por tierras castellanas.

El «Patriarche», debido al rumbo que debía seguir para no demorarse aún más, las recibía todas desde el costado de estribor, sin violencia pero provocando un acusado y constante balance. Esto hacía la vida a bordo sumamente incómoda, y creaba situaciones cómicas que a Pereira le recordaban a aquel barco que llevaba a Chaplin a Nueva York en «El Inmigrante».

En la ducha uno debía hacer malabarismos con la esponja en una mano para enjabonarse, mientras con la otra se aferraba con desesperación a los pasamanos del cubículo de la ducha para no resbalar, y el chorro de agua lo iba mojando a uno muy de tarde en tarde, de manera absolutamente aleatoria. No todas las camas y literas a bordo estaban provistas de sus necesarias barandas, por lo que más de uno, tras aterrizar en el duro suelo durante la etapa más dulce de su sueño, hubo de trenzar improvisadas mallas de cabo que les sirvieran de barrera. Cualquier recipiente de líquido relleno a más la mitad de su capacidad era susceptible de acabar empapando el suelo, los mamparos o la cara del que uno tuviera delante, al mínimo descuido de su portador. Mantener la estabilidad, sobre todo mientras se caminaba, obligaba a un continuo y cómico abrirse de piernas y a una incesante búsqueda de los pasamanos más estratégicamente ubicados en pasillos y escaleras. No era, sin embargo, un tipo de balanceo que indujera especialmente al mareo ni a las náuseas.

Pereira se tiró casi toda la mañana contemplando lo que le pareció el mar más gris y triste que había visto nunca, bajo una nubosidad plomiza que no dejaba pasar la luz del sol. Pensó en la infinidad de veces en que habrían recorrido aquella ruta los navíos griegos, romanos, bizantinos y venecianos, y no pudo evitar estremecerse imaginando cuántos pecios llevarían siglos y siglos pudriéndose justo bajo donde en esos momentos pasaba la quilla del «Patriarche», junto a sus cargamentos de ánforas de vino y aceite, marfiles, sedas y esclavos…

Al caer la tarde el buque rebasó el Cabo de Leuca y cayó a babor, quedando por esa banda la península de Salento y entrando, por fin, al Adriático. El tiempo empeoró levemente, cayendo la visibilidad y cerrándose la nubosidad en ligeras y ocasionales lloviznas.

Hacia las 7 de la tarde Pereira se encontraba con César, Xose, Manuel y otros en cubierta, tomando café y charlando sobre cualquier cosa, cuando oyeron el rugido de unos motores de aviación imponerse al ruido de las propias máquinas del barco. De repente, Xose levantó un brazo señalando hacia popa: en un visto y no visto, un enorme aparato gris con motores de hélice surgió de entre un banco de nubes bajas y sobrevoló el barco de popa a proa. En algún lugar bajo el fuselaje llevaba un potente foco con el que les alumbró durante los escasos segundos que tardó en volver a desaparecer entre las nubes.

Al cabo de un rato el capitán y el primer oficial se asomaban a un alerón del puente pidiendo a Manuel que subiera. Una leve llovizna fue desalojando de cubierta a los allí reunidos, quienes prosiguieron en el comedor o en los camarotes la polémica provocada por la fugaz aparición de la aeronave.

Un buen rato más tarde de la cena, el primer oficial convocó a través de la megafonía a todo el mundo en cubierta, mientras Manuel y Josep recorrían el barco de una punta a al otra, camarote por camarote, en busca de rezagados. Cuando estuvieron todos reunidos, habló Josep, acompañado del primer oficial:

—A ver, prestadme todos atención… Resulta que Naciones Unidas tiene aquí montado un dispositivo de control para evitar el contrabando de armas y toda la hostia. Hace un rato hemos recibido un comunicado por radio, en el que se nos pide que vayamos a este rumbo y despacito, que un buque de guerra va a someternos a una inspección; de momento, toda la tripulación tiene que quedarse aquí, en cubierta, menos el «capi» y un tío en el puente y un maquinista y otro tío en la sala. El resto nos quedamos aquí, y desde el momento en que los militares suban ellos son los que mandan, nosotros nos quedamos quietos y los dejamos hacer a ellos, ¿está claro esto? Y no os preocupéis que va a ser sólo un rato.

Dicho esto, giró la cara hacia José Antonio, como esperando alguna corrección por su parte. El primer oficial se limitó a asentir para expresar su acuerdo, y a continuación se acercó a varios de los marineros españoles más veteranos, les impartió una serie de instrucciones aparte y se internó de nuevo con ellos en el barco.

Pereira ofreció un cigarrillo a César y después, por inercia, extendió la ronda a cuantos les rodeaban.

—Yo es que no lo entiendo, Antonio —reflexionaba César— las oenegés que se encargan de recoger y trasladar la ayuda se supone que están coordinadas con Naciones Unidas, y ahora nos hacen pasar por un control para evitar el tráfico de armas… ¡Pero si esa gente debe saber mejor que nosotros los pallets de arroz y de Frenadol que llevamos…!

—Bah, porque a esta gente —repuso Pereira— les gusta más una burocracia y un papeleo que a un tonto un lápiz. Lo que no sé es cómo cojones van a inspeccionar los tipos ésos que tiene que venir; en la bodega hay partes dónde las pilas de pallets llegan al techo…ahí no hay forma humana de averiguar lo que llevan los pallets de más abajo…

Y así, en general, todo el mundo en cubierta se entregaba de lleno a especular y al ronroneo del rumor, bajo unas esporádicas pero desagradables lloviznas nocturnas.

—¿Has oído lo que acaba de decir el coleguita italiano éste de aquí atrás…?—Preguntó César a Pereira— Dice que la pantalla del GPS empezó a fallar después de pasar el avión, y que lleva toda la tarde en blanco…Vamos, que nos han cortado el GPS por la cara…

En esos momentos salieron de la sala de máquinas Ander y Kepa, con una gran manta, un par de hachas y varios cuchillos enormes. Extendieron la manta en la rampa de popa, entre las dos chimeneas, depositaron sobre ella las hachas y cuchillos y se reunieron con el resto de la gente al otro extremo de cubierta.

Al poco rato Agustín, Xose, uno de los portugueses y el primer oficial bajaron del alcázar de proa con una escala de cuerda con peldaños de madera, afirmaron sus cabos a unos candeleros del costado de babor, la arriaron desde allí y se retiraron hacia donde se encontraban los demás.

Cuando menos lo esperaba nadie un potente foco se encendió sobre el mar desde babor, barriendo con una luz cegadora todo ese costado del «Patriarche». Nadie era capaz de fijar la vista en las inmediaciones del foco. Pereira trató de delimitar la silueta de la nave desde la que se les enfocaba, pero a duras penas sólo llegó a advertir una especie de estructura plana muy hacia popa de donde se encontraba el foco; calculó que ambos barcos no llegarían a estar a más de dos kilómetros de distancia.

Poco a poco fueron percibiendo el ruido del motor de una pequeña embarcación, y divisándose el contorno de una «zodiac» semirrígida que se dirigía hacia el «Patriarche». Cuando la lancha estuvo abarloada junto a la escala, el cegador foco se apagó y fue sustituido por varios proyectores de menor potencia que permitían observar por completo y sin temor a quedar ciegos la silueta del destructor canadiense que más tarde conocerían como «HMCS Iroquois».

Los doce hombres de la dotación de abordaje de la lancha comenzó a subir por la escala. Los tres primeros se desplegaron en torno a la misma, cubriendo el ascenso de los demás encañonando con sus armas a la tripulación.

—Joder, tío… —susurró, nerviosamente, César al oído de Pereira— ¿Qué tipo de metralletas llevan estos tíos…? Y esos trajes que llevan se parecen a los de inmersión, pero como antibalas, ¿no? Joder, Pereira… ¿De dónde coño han salido estos tíos?

Pereira contemplaba como hipnotizado el negro tubo del cañón de la escopeta de postas con la que le apuntaba el soldado más próximo, e iba a contestarle algo a César cuando empezó el jaleo. Xose salió de entre el grupo gritándoles a los soldados que tuvieran cuidado, que iba a soltarse, y señalando a la escala. De inmediato los soldados lo encañonaron y llegó a oírse el siniestro chasquido del cierre de un subfusil al montarse. Mientras Xose levantaba instintivamente los brazos y recibía unos hoscos ladridos en inglés, el nudo de uno de los extremos de la escala se deshizo y el soldado que se encontraba más arriba, apunto de subir a cubierta, resbaló y golpeó con su casco de kevlar contra el acero del costado del buque, produciendo un sonido vibrante que hizo contener la respiración a todos. El soldado recuperó el equilibrio de inmediato, subió a cubierta de un salto, afirmó correctamente el cabo suelto y se unió a sus compañeros en su concierto de ladridos. Xose fue retrocediendo lentamente hasta unirse de nuevo al grupo que le esperaba asimismo con los brazos en alto.

Cuando todos los militares hubieron subido a bordo el que parecía ser el oficial del grupo dio varias breves órdenes y todo el grupo se dividió con rapidez para revisar el buque de un extremo a otro a excepción de varios que quedaron en cubierta para vigilar a la tripulación. Transcurrido un largo rato, el oficial vociferó una orden desde el puente, y los soldados de cubierta condujeron a la tripulación al comedor, donde quedaron todos apretados como piojos en costura, sentados incluso sobre las propias mesas. Pasó un rato que a todos les pareció interminable, encañonados por dos solemnes y fornidos soldados mientras oían cómo los demás se ajetreaban recorriendo todos y cada uno de los compartimentos del barco. César trató de ofrecerle un cigarrillo a uno de los que estaban en la puerta, y sólo obtuvo por respuesta una sombría mirada de arriba a bajo.

—¡Vaya, hombre, —exclamó Pereira, sin poder contenerse— nos han tenido que tocar los «malajes»…!

Finalmente, el oficial del grupo, acompañado por el sonriente capitán del «Patriarche», comparecieron ante la puerta del comedor para avisar que la inspección había finalizado y que el barco podía continuar viaje. De manera automática, el rostro de los canadienses se iluminó dando lugar a un breve pero intenso intercambio de souvenirs y gilipolleces de la más variada índole entre los militares y la gente del barco, fundamentalmente de tabaco, aunque César obtuvo un flamante pin de la «Royal Navy» canadiense.

Pereira, que no tenía gran cosa para intercambiar, se acercó a Manuel, que observaba desde la borda cómo los canadienses iban embarcando de nuevo en su «zodiac».

—¿Qué, ha ido todo bien…? —preguntó Pereira.

—Psché… aparte de que por poco nos fusilan a un gallego —contestó Manuel— el jefe de esta gente dice que llevamos cosas que están en la lista de prohibidos, pero no nos dice qué… nos ordena que continuemos hasta Brindisi, que fondeemos allí y que mañana los italianos nos harán una inspección más… «completa»… valiente mierda. Acuéstate cuanto antes, no sea que te enganchen para el fondeo, porque es que te van a dar las tantas…

Y, en efecto, Pereira se presentó voluntario y comprobó que la faena de anclas en el fondeadero de Brindisi no quedó lista hasta las cinco de la madrugada. Lo cual no impidió que a las 10 de la mañana les tocaran diana de manera inmisericorde desde una lancha de la «Capitaneria di Porto di Brindisi» que tenían abarloada a un costado. Pereira no salía de su perplejidad, mientras saboreaba su taza de café paseando por cubierta y examinando el aspecto de los italianos; no encontró dos uniformes iguales, y sí un oxidado subfusil con culata de madera que parecía surgido de un documental de la Segunda Guerra Mundial. Los jefes no parecían manejarse demasiado bien con el inglés al discutir con el capitán y el primer oficial, gesticulaban ante los documentos del barco y ocasionalmente soltaban alguna abierta carcajada. Uno de ellos salió de la bodega desde una escotilla y se dirigió a los demás en un italiano atropellado, sonriendo y meneando negativamente la cabeza.

A la escasa media hora, el capitán Jean tenía sellada su documentación y el «Patriarche» había levado anclas y arrumbaba hacia la costa dálmata a unos 12 nudos, todo lo que daban las máquinas.

© 2007 Sostiene Pereira