McGiver el guerracivilista

Nuestras generaciones, no muchas, pongamos tres p’acá que una cosa es igualdad y otra igualtinaje, son las mejor preparadas. Tenemos tele. ¡Tenemos tele y estamos dispuestos a usarla!

Resulta que he sabido a través de cierta prensa de la que no es posible dudar, tal es la decisión inequívoca de sus argumentos —o lo que sea eso—, que soy guerracivilista. Pues se van a enterar. Será el crujir y rechinar de prótesis dentales, ¡tiembla, porcelana! Pues he decidido fabricar una bomba con una bolsa de basura, una grapadora, una bombilla fundida y cinta aislante —usar chicle lo veía algo cutre— y lo que es peor, he decidido contarle a los demás cómo se pueden hacer la suya propia. Vean:

Lovebomb

Sería tonto no reconocer que aunque miembros de esas generaciones aventajadas no todos ustedes son tan despiertos como yo. Bueno, ninguno de ustedes. Así que lo que para mí es evidente necesita al menos una somera explicación cara al vulgo, ya saben, un Optione siempre es un Optione, en la cama y en cualquier otra parte.

Debo por tanto contarles que para montar el mortal ingenio lo primero que se necesita es rellenar la bolsa, cebarla bien de material explosivo. A falta de instrumentos mecánicos es suficiente hacerlo a pulmón. Siéntense para no perder el conocimiento en la tarea, ya saben que el de artificiero es un trabajo sumamente estresante. Después de lograda la encapsulación del contenido de varios viajes de pleno pulmón hacia la bolsa traten por todos los medios de que de allí no se escape porque tendrían que repetir la operación. Y ahora vamos con el doble mecanismo redundante de seguridad: por un lado es necesario sostener una grapadora de buen tamaño con su boca apuntada hacia la bolsa. Por otro, taponamos la boca de la bolsa con una bombilla usada.

Esto les da una idea de su funcionamiento.

¿Que no?

Me lo temía.

La cosa es que arrojado el artefacto desde buena altura —pongamos tres pisos— el golpe al llegar al suelo active la grapadora y haga explosionar la cápsula con contenido pulmonar. Sí, pero ¿y qué pasa si la grapadora no se acciona? ¿o si cuando ya es tarde —por el primer piso y bajando a toda prisa— caemos en la cuenta de que nos habíamos quedado sin grapas? Pues para eso está la bombilla, coño, es que todo hay que explicarlo. Se confía en que con el soberano trastazo salga disparada y con suerte golpee a algún facha en las partes blandas según pasaba por allí.

¡A la revolución que se hace tarde, no sean lábiles!

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