El Viaje Sostiene Pereira

CAPÍTULO X Tormenta a la salida de Nápoles, la calma de Cerdeña

En cuanto el barco salió de la bocana del puerto de Nápoles, Pereira notó que el oleaje contra el que macheteaba la proa del «Patriarche» era especialmente duro, mucho más de lo que había experimentado hasta ese momento del viaje.

Estuvo un rato viendo detestables canales de la televisión italiana en el vacío comedor, haciendo tiempo para la hora de la cena. Extrañado por el mismo hecho de que nadie se asomara pidiendo ayuda para preparar o servir la cena, se asomó a la cocina, donde un solitario portugués engullía con notorio apetito un pantagruélico bocadillo de salchichón. En inglés y con la ayuda de señas le vino a decir que la cocina estaba cerrada por el temporal, y que se sirviera él mismo lo que quisiera.

Pereira se asomó a los frigoríficos y alacenas de la gambuza más por curiosidad que por hambre, y tras dudar un rato se decidió por un yogurt y un buen trozo de pannettone napolitano.

Fue a comérselos junto al ojo de buey más cercano, desde donde observó cómo la cubierta era barrida por la lluvia y un furioso viento, mientras las luces de Nápoles, difuminadas por el aguacero, quedaban hacia popa en la noche ya cerrada.

Después se dio una vuelta por los pasillos, indeciso entre subir a echar un rato al puente o tratar de dormir un par de horas antes del inicio de su guardia. Al fondo del pasillo, la puerta del camarote de León estaba entreabierta y Begoña y Josep conversaban allí mientras echaban un pitillo. A Pereira, en el otro extremo del pasillo, le llegaba con nitidez el bronco rugido de cada arcada del pobre de León.

Se acercó hasta allí, saludó y preguntó por el estado del maltrecho sindicalista.

—Pues mira tú mismo, —contestó Josep bajando en extremo la voz, apoyado en el mamparo— peor que nunca, con el tormentón éste… estamos aquí discutiendo qué coño vamos a hacer si se pone peor, aunque no sé si este hombre se puede poner peor de lo que está.

Pereira entró en el camarote, donde un ambiente húmedo y pestilente le recibió como una bofetada. León estaba sentado en un sillón, muy encorvado, con las manos apoyadas en las rodillas y sujetando entre los pies un cubo metálico sobre el que trataba inútilmente de vomitar, sin conseguir otra cosa que verter un ocasional hilo de bilis tras cada agónica arcada. Su cara estaba congestionada por el esfuerzo, perlada en sudor, y no pareció ni reparar en la presencia de Pereira aun cuando éste le puso una mano sobre un hombro y le preguntó un par de veces cómo se encontraba.

—Tienes que intentar relajarte y respirar más despacio, León… —le dijo Pereira mientras se agachaba para que le oyera mejor— ya no te queda nada que echar, hombre, lo que necesitas es tranquilizarte y echarte a dormir…

León no desvió su vidriosa mirada del cubo y volvió a largar otra estruendosa y larga arcada, que como las demás se fue poco a poco apagando hasta quedar en un débil gorgoriteo hasta que los pulmones de aquel torturado hombre parecieron quedar completamente vacíos.

Pereira se incorporó, se volvió hacia Josep y Begoña, que contemplaban la escena meneando ambos la cabeza, y salió a reunirse con ellos.

—Como puedes ver, lo que tiene tu paisano es puro pánico, —dijo Begoña— llevo con él desde que salimos del puerto, y en todo el tiempo no ha hecho más que largar bilis, tenía el estómago vacío cuando salimos de Nápoles. Y además, que lo que tiene es el trauma encima de las otras dos vomiteras que se pegó, y no es capaz de dominarse.

—La verdadera putada —terció Josep— es que con lo mayor que está y la paliza que se está llevando, como le dé un infarto no sé cómo nos las vamos a apañar… —Josep se volvió hacia Pereira y le dedicó esa sonrisa sardónica suya tan peculiar— ¿en el Instituto de Náutica no os enseñan a aplicar el masaje cardio—pulmonar, Antonio…?

Pereira, sonriente, les dio las buenas noches, subió a su atestado camarote y se encaramó sobre su litera. Le costó bastante relajarse y conciliar el sueño, debido a la orquesta de los más diversos ruidos en forma de golpes, vibraciones, crujidos y gemidos metálicos que procedían de todos los lugares del buque.

Cuando el barco iba remontando la cresta de una ola y se sentía comprimido contra la superficie de su colchón, oía una serie de rítmicos y lejanos crujidos (que inevitablemente le llevaban a recordar los cordones de soldadura agrietada del techo de la bodega de carga…), seguidos de un cimbreo de los mamparos y de cualquier estructura vertical, que se transmitía a su propia litera.

A continuación, cuando el barco descendía la pendiente de la ola con la proa apuntando al seno líquido de la misma, Pereira notaba cómo su cuerpo se despegaba del colchón y quedaba suspenso en el aire durante una fracción de segundo, para acabar sintiendo el monumental bramido producido por el choque de la proa y la panza del buque contra el agua, un golpe que lo hacía temblar todo y lanzaba contra el suelo de los camarotes todos los objetos que no estuvieran firmemente asegurados. En una de estas se deshizo el lazo que mantenía cerrado el armario compartido por César y una gallego, provocando que todo su contenido se esparciera por el suelo, así como un diluvio de blasfemias por parte del gallego…

Al poco rato de conseguir quedarse dormido, Pereira fue despertado por el canadiense al que debía relevar de la guardia de puente. Tras calzarse y sacar de su armario el impermeable, se refrescó la cara con agua en el lavabo y se dispuso a subir la angosta y empinada escalera de madera y pasamanos de latón que conducía al puente. A los pocos peldaños, observó con sorpresa cómo sin desearlo de una sola zancada ascendió hasta cuatro peldaños, al coincidir con la caída de la proa hacia el seno de una ola. Todavía se sonreía maravillado cuando llegó al puente y saludó a Manuel, el piloto de la guardia, que se encontraba a la caña del timón sin apenas quitar ojo del espejo de la brújula.

—¡Hombre, Antonio… —saludó, con cierta alegría— ya pensaba que me iban a endilgar esta noche a uno de esos electricistas italianos…! ¡Porque vaya guardia que nos espera hoy hasta las 4, Antonio…! Oye, ¿qué tal si antes de empezar no te preparas un par de tazones de café de esos que tú haces, que levantan a los muertos, ¿eh?… ah, mira, antes de bajar haz el favor de subirle un par de puntos de brillo y contraste a la pantalla del radar pequeño… es que desde aquí no se ve una mierda, tío…

Al acercarse al tablero de consolas, agarrándose a todos los pasamanos y asideros que encontró en su camino para no perder el equilibrio, Pereira comprobó que el radar viejo estaba apagado.

—Si quieres lo enciendes —dijo Manuel, anticipándose a la pregunta— pero vas a ver qué mierda de pantalla, toda blanca con el oleaje… una basura, tío…

Mientras Pereira hacía los ajustes que le pidió el paisano, cayó un rayo a lo lejos, iluminando un bosque de crestas blancas coronando enormes olas hasta donde alcanzaba la vista, dibujando un siniestro y bellísimo cuadro de contrastes en blanco y negro que le arrancó un bufido de admiración. A continuación bajó a toda prisa a la cocina, donde comprobó decepcionado que nadie había dejado hecho ni una mísera cafetera, y que ni aún con el soporte para el fogón era una buena idea ponerse a hervir el agua con la cafetera, pues con el balanceo del barco la llama solo rozaba la puñetera cafetera a cada rato. Se quedó un rato pensativo, y decidió darle una patada a la alacena de los sibaritas del «Patriarche» y saquearla por una buena causa. Sacó un par de vasos de plástico con tapa, varias cucharillas y terrones de azúcar, un surtido de sobrecitos de café instantáneo de Colombia, Etiopía, etc., llenó los vasos con agua hirviendo del termo y volvió al puente sonriendo, satisfecho por su saqueo.

—De puta madre, tío, ya tenía yo ganas de darle un repasito al armario de los cafés del Josep y la peña esta, jéjéjé…

—Oye, Manuel… —empezó a preguntar Pereira, alarmado mientras miraba a través del acristalamiento de popa— esas luces de ahí atrás… no me digas que eso todavía es Nápoles… pero si parece que acabáramos de salir, joder… ¿cómo es que vamos tan lentos…?

—Jajaja, asómate al cuentarrevoluciones, y ya verás…

Pereira se asomó al tablero de instrumentos de nuevo y observó que el telégrafo de máquinas estaba fijo en «Avante Despacio», mientras el cuentarrevoluciones marcaba sólo 5 nudos de velocidad, y la aguja permanecía fija en apenas 200 r.p.m, excepto cuando el buque hocicaba de proa hacia el seno de una ola y la popa quedaba fuera de la de la cresta, lo que hacía que durante unos segundos la aguja subiera de improviso a cerca de 250 r.p.m.

—¿Lo ves ahora más claro, Antonio…? —dijo Manuel— Cuando salimos de Nápoles el muy inteligente del gallego —se refería al primer oficial, de quien desde la maniobra de atraque en Nápoles ya estaba literalmente hasta los huevos— puso la máquina a tope, y a la primera hocicada pues te puedes imaginar hasta dónde llegó la aguja con la hélice al aire… al rato llamaron desde las máquinas diciendo que o se bajaban las revoluciones, o el motor se salía de la bancada, que decidiéramos… y así vamos desde las 8 de la tarde, a 5 nudos, y gracias…

De repente, una ola rompió justo sobre la proa y el roción alcanzó al mismo acristalamiento de proa del puente.

—¡Hooostiasssss…! —exclamó Pereira.

—Jajajaja, sí, vas a ver qué pedazo de guardia nos vamos a tirar, colega… anda, acércate aquí al timón que te voy a explicar cómo nos lo vamos a montar. Como ves, estamos capeando, buscando la mar con la proa; ahora vamos entre el 295 y el 300, según lo vea necesario ya te diré cuándo cambiar de rumbo. Esto es una cosa seria, es un fuerza siete, acabas de ver cómo ha llegado al puente el roción de esa ola; y ya has visto la poca arrancada que llevamos, esa mierda de 5 nudos. Te vas a dar cuenta de que a la primera ola que se te cuele por una amura te va a mandar hasta 10 grados para la banda contraria. Si no corriges, la siguiente de va a mandar bastante más, y a la tercera lo vas a tener atravesado pero garantizado, como que me llamo Manuel. La cosa consiste en no dormirse ni distraerse ni un momento, y en cuanto la primera ola te haga caer a una banda, metes el timón a tope, repito, a tope, a la contraria, hasta corregir. Con esta mierda de arrancada hay que empezar a corregir tal y como salgas de la primera ola, porque como no espabiles, con lo lentísimo que va esto antes de acabar de corregir ya te ha vuelto a hacer caer la siguiente ola, pero mogollón… ¿lo has entendido, Antonio…? Hay que ir controlando también que no te vengan sueltas o la tormenta no empiece a cambiar el rumbo, pero eso ya lo vemos entre los dos. Como esto cansa pero tela, nos vamos a ir turnando cada media hora, y el que suelte el timón a controlar la proa, radar y prismáticos y más café. Pues hala, pilla, a ver si nos dan prontito las 4 de la madrugada y el relevo…

Pereira ocupó su lugar al timón. La primera acometida de la mar la resistió estupendamente, llevando a cabo al pie de la letra las instrucciones del piloto.

Sin embargo, al segundo golpe de mar, sin saber el porqué, no accionó el volante metálico del timón hasta su tercera posición, «full», sino que, movido por la costumbre, sólo lo accionó hasta su primera posición, la postura más lenta de viraje del timón.

Manuel, que se dirigía hacia las escaleras para bajar al entrepuente, notó como la segunda ola atravesaba claramente el buque.

—Antonio… la caña del timón, la estás metiendo a tope, ¿verdad…? ¡Antonioooo…!

Sólo tras el grito Pereira se dio cuenta del error, aunque ya era demasiado tarde: al siguiente envite el buque ya estaba en banda, el roción de la ola salpicó el acristalamiento de estribor, tuvo que abrirse completamente de piernas para no caerse, y con el rabillo del ojo observó cómo el agua casi lamía los barandales del costado de babor. Mientras accionaba la caña del timón a tope hacia estribor, Manuel corrió hacia el telégrafo de máquinas, tiró de la palanca un par de veces adelante y atrás y la dejó fija en «Avante Toda».

Poco a poco, el barco fue ganando arrancada y virando, la siguiente ola llegó por una amura modificando muy poco su rumbo, y la siguiente ya era cortada por la proa.

Manuel volvió a colocar el telégrafo en la velocidad mínima, y Pereira pudo secarse el sudor frío que le resbalaba por la frente, mientras musitaba blasfemias con voz temblorosa.

—¿Qué, has visto la que se puede liar en un momento, Antonio…? —dijo Manuel, con media sonrisa, mientras encendía un cigarrillo con manos temblorosas— ¿Podré irme ahora a mear sin que me atravieses el barco, ahora que sabes lo que es, colega…?

—Ve, tío, ve —contestó Pereira sin despegar la vista del compás— que la cosa está ya bajo control… joder, que si lo está…

Manuel bajó la escalera riendo a carcajadas.

Durante el siguiente rato, Pereira tuvo el barco enteramente a su cargo. Pilotar la nave en esas condiciones era un ejercicio extenuante, pero, mal que bien, pronto aprendió incluso a corregir antes de la embestida de la ola, fijándose en la trayectoria que tomaban las líneas de espuma blanca que las coronaban. En ese lapso de tiempo, mantuvo el rumbo e hizo resistir al buque cada una de las feroces acometidas de un mar negro e iracundo, una oscura masa poblada por una multitud de demonios líquidos cuyo afán era arrastrar a aquel vetusto y oxidado cascarón al frío e inmenso sudario de sus profundidades.

Fumando un pitillo tras otro, Pereira, en la soledad más absoluta, asistió al recital más fantástico de rayos y truenos que pudo presenciar a lo largo de toda su vida; sintió correr la adrenalina con fuerza mientras el barco caía a plomo en el fondo del seno de las olas; exclamaba gritos de júbilo mientras cada descomunal ola lo hacía remontar hacia su cresta, con la proa apuntando a un cielo cargado de nubarrones. En esos momento, él, sólo él, era el responsable de la vida y la muerte de todos los que dormían en los camarotes bajo el enjaretado de madera sobre el que se encontraba. El percatarse de esa circunstancia le hizo disfrutar especialmente de esos momentos, sonriendo con sorna a cada aparatoso relámpago y a cada montaña líquida que se le venía encima.

—Pero bueeeeeno, —exclamó Manuel mientras subía los últimos peldaños de la escalera del puente— estoy viendo que te lo estás pasando bomba… me ha dado tiempo a ir al bater, a comerme un bocata, a asomarme por el tambucho de las bodegas, y a traer más café, y no nos has mandado al fondo… ¡de puta madre, tío…! Por cierto… ¿Brasil o Arábico…? Anda, tomate un café, pásame el timón y descansa un rato, que te lo has currado, y todavía queda bastante para el relevo.

Pereira se tomó su café en silencio, asomado al acristalamiento de proa y contemplando la evolución de la tormenta. Manuel le pidió que le hiciera el favor de marcar la situación que indicaba el GPS en la carta, y que calculara por estima dónde podrían estar, aproximadamente, al acabar la guardia. Cuando acabó, se puso su traje de aguas y le dijo al piloto que iba a tomar un poco el fresco fuera, aprovechando que estaba amainando el aguacero.

—OK, pero no se te ocurra caerte al agua, que debe estar helada…

Pereira salió al estrecho pasillo resguardado por barandas que circundaba el puente. El vendaval apenas le permitía andar, y las profundas cabezadas del barco le obligaban a asirse a los candeleros con ambas manos. El sonido del viento ululando por entre todas las estructuras y jarcias del puente, unido al bramido del oleaje, era casi ensordecedor.

Una gota de agua helada le salpicó el rostro. A esta le sucedieron otras, hasta desencadenarse de nuevo el aguacero. Levantó la vista al cielo, y alzó los brazos: en ese momento, no había una persona más feliz que Antonio Pereira en todo el Mediterráneo.

Cuando les llegó el relevo, el temporal aún conservaba gran parte de su violencia inicial, pero al mirar hacia popa ya no eran perceptibles las luces de la ciudad de Nápoles. Pereira cayó en su litera como un fardo, y cayó en un profundo sueño al instante, agotado.

No se despertó hasta el mediodía. El buque parecía moverse como sobre unos raíles, y se oía perfectamente al pesado ronroneo de las máquinas imponerse sobre cualquier otro ruido. Después de ducharse fue a comer algo, y a continuación se asomó al alcázar de proa. Lucía un sol espectacular, en medio de un cielo inmaculado. Se asomó por la borda y hasta donde alcanzaba la vista la mar aparecía lisa como la superficie de un estanque. Un poco más a proa, a la altura de los escobenes de las anclas, los gallegos y los vascos andaban a risas, corriendo de una amura a la otra. Pereira se les acercó, se asomó al agua y presenció cómo una pequeña manada de delfines de lomos moteados retozaban junto a la proa del barco.

—¿Has visto cómo molan, sevillano —le dijo Ander— …a que de éstos no los ves por tu tierra, eh…?

—Bueno, va, ¿queréis ver cómo los largo a todos…? —dijo Xose.

El grupo se le quedó mirando, y entonces el diminuto gallego se asomó por la borda, se llevó unos dedos a las comisuras de los labios y emitió un fuerte silbido adornado de unas raras modulaciones: como por arte de magia, los delfines salieron en estampida todos a la vez, para no regresar.

Pereira subió al puente. Allí estaba el capitán Jean, inclinado sobre la carta náutica, un canadiense al timón, y Josep tomando una taza de café junto a la radio. De repente, se acercó al receptor y subió ligeramente el volumen. Lentamente, la belleza del adagio del concierto para clarinete y orquesta de Mozart fue inundando aquel puente.

—Ah, cette musique, c’est bien belle… —comentó en voz baja el anciano francés, incorporándose a medias desde la carta.

—Sí, —contestó Josep, risueño bajo su bigote— estos de Cagliari Radio no se privan de nada…

Pereira, ensimismado, contemplaba en silencio los reflejos del sol sobre la limpia superficie de la mar.

© 2007 Sostiene Pereira