El «M/V Patriarche», botado en 1972 en unos astilleros de Vigo y abanderado en San Vicente y Granadinas, era un pequeño ferry de 700 toneladas de registro bruto, que se había pasado toda su vida útil en las líneas de transbordadores entre las Baleares y los puertos del Levante y Catalunya. A Pereira le pareció, desde el primer momento en que lo vio amarrado a aquellos muelles, el barco más feo del mundo, con los enormes troncos de chimenea a popa, y aquella superestructura del puente tan alta a proa, que le daba aspecto como de cabezudo de carnaval, en un perenne ejercicio de equilibrismo para no zozobrar. Sin embargo, también reconoció los detalles del diseño de las máquinas hechas para durar y resistir a los desgastes más brutales, y ello le hizo también confiar en aquel avejentado cascarón.
El gran portalón de carga de popa ya se había retirado y asegurado, también se había despejado la improvisada cafetería para las visitas de la cubierta central, y apenas embarcaban ya personas de fuera, salvo trajeados miembros del Ayuntamiento, periodistas, y algún rezagado enviado de alguna ONG que acudía raudo en su furgoneta con los últimos paquetes de medicinas, recogidos a cientos de kilómetros de allí.
En los muelles el gentío se congregaba alrededor del escenario donde las chicas de las dos familias de refugiados interpretaban danzas populares serbias, vestidas con unos abigarrados y multicolores trajes típicos, a los compases de unas melodías atropelladas y bárbaras. Pereira y Cesar, asomados a la borda de proa, contemplaban con curiosidad aquella danza lejana y sus arabescos de saltitos.
Justo al lado del escenario se ubicó la Banda Municipal de Sevilla, que tomó el relevo a las danzantes atacando todo tipo de marchas. A Pereira, que aún no había leído a Rebecca West y cuyos conocimientos sobre Yugoslavia eran entonces raquíticos, no pudo dejar, sin embargo, de sonreír irónicamente cuando aquella banda comenzó a desgranar los marciales compases de la «marcha Radetzky».
Manuel, el 2º oficial, salió por una escotilla de las herrumbrosas profundidades del castillo de proa, acompañado de un funcionario de la Capitanía Marítima y de Tom, un rubicundo canadiense que llevaba consigo una gran caja de electrodos, guantes y mandil de cuero y otros útiles de protección para soldadura. Un pulgar levantado confirmó a Agustín, Xose y los otros que la soldadura de reparación de uno de los tanques de lastre de proa había recibido el visto bueno del ingeniero de Capitanía.
Y en efecto, a los diez minutos vieron descender por la pasarela al ingeniero junto a los últimos cargos públicos y periodistas, quienes se cruzaron en el muelle con un tipo cargado de maletas, sudoroso y jadeante por la carrera, que subió a bordo a toda prisa. Se trataba de León, el sindicalista, que fue recibido en cubierta con un abrazo por su hermano, el coordinador para Sevilla de las ONGs en aquella campaña. Acto seguido la pasarela fue izada y estibada a bordo, y el capitán, desde un alerón del puente, comenzó a dar órdenes con su megáfono:
—Maniobra de proa… todo el personal a sus puestos…
Desde tierra sacaron de su noray el cabo de amarre de proa, y al poco rato el de popa. Pereira ayudó a sacar el cabo de la bita del castillo en la que estaba afirmado, y a enrollar varias vueltas del mismo en el molinete desde el que Agustín lo viró y recogió a bordo en pocos minutos.
Los motores del barco tronaron al subir de revoluciones, la proa comenzó a separarse del muelle, y la sirena lanzó desde el puente una interminable serie de pitadas.
Los familiares y amigos de Pereira lo saludaban, agitando los brazos entre el gentío de los muelles, y él les devolvía de igual forma el saludo cuando, de improviso, no pudo evitar recordar el paquete de electrodos de soldadura de Tom, y por su mente aleteó una bandada de estorninos de neón azul eléctrico, y la portada de unos informativos de televisión que aseguraban que «continúan las tareas de búsqueda de los tripulantes desaparecidos del mercante ‘Patriarche’, naufragado anoche frente a las costas de…»
El buque, ajeno a las macabras ensoñaciones de Pereira, acabó de poner proa a la desembocadura del Guadalquivir, tomando lentamente arrancada avante, y la sirena largó una última serie de monstruosos bufidos de despedida.
Atrás fueron quedando el parque de María Luisa, los muelles, los astilleros y, por último, la esclusa. Tras incorporarse con una velocidad media al tráfico fluvial, Pereira tuvo al alcance de la vista a gran parte de la comarca del Aljarafe desde la banda de estribor. A su paso por Coria del Río le chocó en cierto modo la vista de las cafeterías del paseo fluvial, con sus veladores dispuestos a lo largo de la orilla, atestados de gente tomando café en un frío pero apacible atardecer invernal. Pereira había estado sentado en esos mismos veladores en infinidad de ocasiones, contemplando el paso de los mercantes río abajo y jugando, en su interior, a adivinar sus puertos de destino por su abanderamiento, el tipo de barco, la carga que podía llevar, etc. Ahora era él quien se encontraba a bordo del buque de destino ignoto, contemplando el escaparate de felices pequeñoburgueses degustadores de café en ropa de marca, instalados en su plácido confort dominical.
Muy seguido río abajo, La Puebla del Río vivía más de espaldas al río que Coria. Pereira contempló con tristeza los podridos y abandonados pantalanes y los patios traseros de hileras de viejas casonas orientados hacia la orilla.
Más abajo de este último enclave urbano, una interminable sucesión de vegetación; cerrados naranjales, humildes campos de labor mostrando sus breves cosechas, delimitados por salvajes cañaverales; la quilla podrida de un pecio señalando al cielo, despojos de los que un día fuera un grácil pesquero, rumiando pesadamente el gris del cieno del meandro donde se hallaban varados.
César apareció por cubierta con dos vasos de café, le dio uno a Pereira y se apoyó en la borda junto a él para compartir también el paisaje.
Un mar de tablas de arroz, entre las que ocasionalmente sobresalían las casas blancas y la esbelta y pobre torre del campanario de algún poblado de colonización, en el horizonte. Muy a lo lejos los eucaliptales que se erguían como entrada al Parque Nacional de Doñana.
—Que dice Josep que vayáis a su camarote que quiere hablar con vosotros— les dijo Xose, sacando a los dos amigos de su ensimismada contemplación del paisaje.
—Pasad, pasad y cerrad la puerta, por favor —dijo Josep, sentado a la mesa de su amplio camarote, quizás uno de los mejores del barco.— En primer lugar he de pediros disculpas por no haberme reunido antes con vosotros, aunque ya me conocéis algo, de vista y de entrar y salir y tal… y yo también a vosotros, que los compañeros me han hecho llegar comentarios bastante positivos de vuestro trabajo a bordo, en el sentido de que lleváis una actitud de trabajo muy positiva y sintonizáis bien con el personal… y eso no es fácil con este personal, ¿eh…? Como sabéis, yo soy el coordinador de la Fundación Engelmajer para este viaje, soy el responsable de que todo vaya bien y que la operación culmine de forma satisfactoria… y también soy responsable del estado de mis compañeros. Como habéis podido comprobar, todos los compañeros que tenemos en el barco llevan mucho tiempo en la Fundación, y digamos que se encuentran en una etapa muy avanzada de su proceso de desintoxicación… Como es mi caso, por ejemplo…
Josep sonreía sibilinamente tras sus gafas de montura ovalada, mesándose sus cuidados bigotes mientras comprobaba la inquietud que sus palabras provocaban en los dos jóvenes compadres sevillanos.
—Lamentablemente —prosiguió Josep— por muy cerca que una persona se encuentre del final del proceso, la tentación de volver a caer en la droga es terrible. Como ya sabéis, lo más parecido a una droga que llevamos a bordo es el tabaco, el café y el té. Vino o cerveza no los veréis ni en la mesa del capitán en las comidas. Así que, aunque me resulta algo violento esto, no tengo más remedio que pediros que si lleváis algo de costo encima o entre vuestro equipaje, me lo traigáis aquí ahora., nos deshacemos de él y aquí no ha pasado nada. En caso contrario, me veré obligado a registrar los equipajes, y en último extremo no me daríais otra opción que la de desembarcaros en Huelva, que nos queda un ratito tan sólo para llegar. Esto sería para mí bastante desagradable y también bastante triste, porque aprecio vuestro esfuerzo y vuestra actitud, a la que correspondemos ofreciendo la oportunidad de que consigáis los días de navegación en prácticas que tanto necesitáis… —César y Pereira no dejaban de mirarse mutuamente de reojo, estremecidos por el almibarado pero amenazante discurso de Josep, el coordinador— Así que… espero vuestra decisión y vuestra colaboración…
Josep, manteniendo una sonrisa unos grados apenas por encima de cero, clavó y mantuvo su mirada sobre la de Pereira, quien descruzó los brazos para mostrar las palmas de las manos a su inquisitivo interlocutor, al tiempo que meneaba la cabeza en señal de negativa,
A continuación el barcelonés repitió el callado gesto interrogativo con César, quien inmediatamente trató de hilvanar una serie de vagas y nebulosas justificaciones siendo cortado en el acto por Josep:
—No, mira, César… Se trata de un asunto muy serio, mucho más de lo que te puedas imaginar; lo que para ti es una simple chinita, para los compañeros puede llegar a convertirse en una verdadera obsesión y llegar a causarnos a todos problemas muy, muy graves. Así que haz el favor de traer de tu camarote todo lo que tengas. —En este momento la sonrisa se eclipsó de los labios de Josep, quien asimismo se irguió visiblemente en la silla en la que estaba sentado— Te garantizo, tienes mi palabra de que el viaje continúa y aquí no ha pasado nada.
César captó el mensaje al vuelo y salió del camarote luciendo la mejor de sus sonrisas.
—Es así, Antonio, créeme —aclaró Josep en un melifluo tono de voz— conozco bien a los compañeros y al problema con el que cargamos, y te aseguro que por una puñetera papela o una simple china se puede organizar aquí una movida de mil cojones, y joderse el trabajo de meses y hasta de años… Y eso en mitad de un evento como el de este viaje, en el que la fundación se ha volcado y del que esperamos bastante a nivel de imagen y promoción. Como comprenderás yo no puedo permitir algo así, Antonio.
A los pocos minutos César regresaba al camarote y hacía entrega a Josep de dos trocitos de hachís envueltos en plástico. Josep abrió el ojo de buey del camarote y, desde su perenne sonrisa, preguntó a César:
—¿Estamos de acuerdo…?
—Eeeh… sí, claro, estamos de acuerdo…
Entonces Josep arrojó los porros al mar, cerró el ojo de buey, se sacudió las manos y se volvió a sentar a su mesa.
—Y no dudéis en buscarme para cualquier problema que pueda surgir… —dijo Josep para despachar el encuentro— Aunque estoy seguro de que no vais a tener ningún problema entre nosotros, os lo aseguro…
—Jooooder… vaya cortazo, tío —musitó César a Pereira mientras salían a cubierta.
—Si yo es que no sé cómo se te ha ocurrido, después del toque de advertencia que nos dieron los vascos… —le replicó Pereira en el mismo tono de voz.
Justo en ese momento repararon en que el barco había rebasado la barra de Sanlúcar de Barrameda y navegaba ya mecido por el oleaje del Atlántico. De inmediato comenzaron a acusar los efectos del balanceo y a marearse; ambos caminaron torpemente por cubierta, sostenidos por unas piernas repentinamente débiles, hasta que fueron a apoyarse a la borda, donde trataron inútilmente de relajarse y contener sus náuseas aspirando grandes bocanadas de aire fresco.
Agustín y Ander se les acercaron nada más oír las primeras arcadas.
—¡Uuuuuuf, el mareo de la primera vez, qué chungo es…! ¿A que sí…? —vociferó con su gruesa campechanía Ander, el otrora obeso pescador de Ondárroa— eso sí, que yo conozco el remedio que os va a dejar pero que nuevos, ¿eh? remedio de pescadores contra el mareo, oye: comer cosas muy, muy saladas, si es preciso con puñado de sal encima…
César giró la cara sudorosa y lívida hacia aquellos veteranos de la mar, en un gesto de incredulidad:
—¿Comer cosas muy saladas…?
—Sí, cuanto más saladas, mejor, tío —intervino Agustín— ¿ese remedio no lo sabéis en Sevilla? Pues en las rías eso lo sabe todo quisque antes de embarcar, vamos, que el abuelo se lo cuenta al padre y el padre al hijo y así… venga, tira para la cocina que te vamos a preparar un bocata que te va a poner nuevo en un momento. Una lata de anchoas con un puñado de sal, vas a ver, ¿tú qué dices, Ander?
—Pues sí, eso podría servir, sí…
Sólo de imaginar la imagen de las anchoas saliendo de la lata le provocó a Pereira tal arcada que se llevó con las uñas lascas de pintura de la borda, al aferrarse a ella con agónica desesperación. Varias arcadas más tarde, vio salir a su compañero junto a los dos samaritanos de la mar, empuñando con optimismo un voluminoso bocadillo de salami. A cada dentellada que recibía de César dejaba escapar por sus bordes un hilo de gruesos granos de sal; Pereira llegó incluso a percibir el crujido de los granos al ser masticados por su compañero, lo que inevitablemente le indujo a una nueva y violenta arcada de bilis, amarga y lenta como una derrota.
Xose había estado contemplando desde lejos toda la escena, y se había ido acercando a medida que ésta ganaba intensidad dramática.
—¿Qué, funciona el remedio contra el mareo, o no…?— dijo, conteniendo a duras penas la risa.
—Gruf… ñam… güeno, má ó meno… aunque eftá afquerofo efto… —contestó Cesar, con el rostro surcado por las lágrimas, asediado por la náusea en estado puro, antes de asomarse por la borda y largar una indescriptible arcada que culminó en un formidable cañonazo de pan, salami y sal.
Xose se acercó a César, le arrancó el horrible bocadillo de entre las manos y lo arrojó al océano Atlántico, entre las carcajadas de todos cuantos se acercaban al espectáculo, y en especial de Agustín y Ander, que bailoteaban en derredor sujetándose el vientre con ambas manos para no desfondarse de risa.
Una vez que todos exprimieron bien a fondo la novatada y se hubieron marchado tras descargar todas sus carcajadas enquistadas, Xose se quedó a solas con los dos renacuajos hispalenses.
—No os lo toméis a mal —les dijo con cierto paternalismo— la peña anda muy quemada y la novatada era de esperar… mirad, no hay ningún remedio contra el mareo, ni pastillas de farmacia, ni trucos, ni hostias. Cada cual se lo monta como mejor puede; a mí, por ejemplo, me vienen muy bien dos cosas: estar ocupado haciendo cosas, y dormir. Y esto de dormir no es coña, yo le he encontrado una explicación: mientras vas durmiendo, tu respiración se acompasa al balanceo del barco, sin darte cuenta, y así te quitas una buena parte del agobio y de la angustia. Esta noche no vais a poder probarlo porque aquel faro de allá al fondo es el de Huelva, vamos a tardar ya muy poco en llegar, pero la próxima noche fijaros en eso cuando os echéis a dormir, probad a acompasar la respiración con el oleaje antes de quedaros dormidos, vais a ver cómo notáis la diferencia… bueno, va, nos vemos en un rato en la maniobra de atraque.
Xose dijo estas últimas palabras y se internó en el entrepuente. Pereira se enjugó el sudor helado de la cara y palmoteó la espalda de su maltrecho amigo, mientras observaba la estela de espumas blancas que el barco trazaba en un mar negro por la noche ya cerrada.
—Bueeeeeno… yo creo que si le echamos lo que hay que echarle —dijo en un hilo de voz temblorosa— lo mismo hasta lo conseguimos… ¿tú qué dices, César…?
—¡Grrouuaaarghghg…! —fue todo lo que obtuvo por respuesta.