El Viaje Sostiene Pereira

Antonio y Mercedes (su hermana menor) subieron las escaleras hasta la habitación del ordenador con la clandestinidad propia de dos hermanos pequeños a punto de trastear.

—Quiero pedirte un último favor, Merchi— dijo Antonio mientras se acomodaba en la mesa del ordenador y se aseguraba de que nadie les oía.

Mercedes se temía lo peor. Estos últimos meses pasaba horas frente al ordenador transcribiendo las palabras que su hermano le dictaba para completar los capítulos de “El viaje”.

—Esto es lo que tendrás que hacer si queda algo pendiente por colgar.

—¡Joder, Antonio!

—Tú sabes… por si las moscas— Déjame que te encargue esto, quiero confiártelo a ti.— dijo mientras le mostraba el procedimiento.

Mercedes seguía las andanzas de Antonio en el foro hacía meses, sin hacerse notar, sin registrarse, casi furtiva. La bastaba con leerlo, con escucharlo cada tarde cuando iba a verlo, a conversar con él de lo que a él le diera la gana: música clásica, buques de guerra, cine… lo que fuera. Todo su interés era que Antonio estuviera entretenido y ocioso para olvidarse de los parches de Fentanilo, del Sebredol y, a última hora, de los chutes de cloruro de morfina, y sobre todo del puto cáncer que lo estaba consumiendo.

Mercedes tragó saliva. Aquel dolor en la garganta era superior a cualquier amigdalitis pultácea que se pudiera agarrar. Observó que su hermano hizo lo mismo. No querían llorar. Al salir de la habitación Antonio abrazó a su hermana con la fuerza impropia de un enfermo.

—Lo vamos a terminar Antonio, ya verás.

Pero sus deseos no eran más que órdenes para esa hermana que tanto lo admiraba. Lo admira.

Mercedes «Pereira»

No es mucho, ojalá fuera el relato completo. Ojalá no tuviera que escribirlo yo.

Así que, amigos de la fauna etrusca:

CAPÍTULO III Escala en Huelva, Gibraltar nocturno, Argelia, la gente del «Patriarche»

La escala en Huelva tuvo como principal objetivo petrolear el gasoil necesario para la travesía, regalo de una compañía petrolífera allí ubicada, aunque no se desaprovechó la oportunidad de recolectar unos últimos pallets de alimentos y medicamentos, apurando al máximo el volumen de carga de la bodega. La afluencia de donantes particulares fue menor que la de Sevilla, pero ello no fue obstáculo para montar la barra—cafetería en cubierta, ni para organizar las típicas e inevitables visitas guiadas a aquel veterano de la mar que pedía a gritos ser llevado al desguace.

Por otra parte se produjo una importante remodelación de la tripulación. Al menos una docena de marineros de la fundación desembarcaron y marcharon rumbo a Valencia en una furgoneta. Según Josep era la gente con menor tiempo de permanencia en la fundación y con menos experiencia náutica; como en cualquier caso la tripulación no podía superar los 27 marineros, esta docena sobraba y fue desembarcada. Asimismo se sumó nuevo personal a la tripulación, como Santiago, un oficial de máquinas procedente de la fundación, lunático a más no poder. También se enroló José Luís, un gallego contratado por agencia de embarque que haría de primer oficial. Por último Antonio, el dicharachero capitán original, fue sustituido por problemas de salud por el septuagenario capitán francés Jean, amigo íntimo del fundador de «El Patriarca».

Durante la última mañana de escala en Huelva, Pereira sufrió un percance que estuvo a punto de enviarlo al hospital. Manuel el segundo oficial, le había pedido que midiera el espacio que quedaba libre de carga en la bodega, con objeto de completar sus cálculos de estiba y estabilidad. La manera más fácil de hacerlo era asomándose por las cuatro escotillas ubicadas en la cubierta. Con cierto fastidio Pereira descubrió que la barra—cafetería, instalada por la sempiterna hospitalidad de la gente de la fundación, le estorbaba para abrir completamente la tapa de la escotilla. Pereira tiró con fuerza de la tapa y ésta hizo tope con la plancha metálica que hacía las veces de barra. De improviso, sintió una sensación que le transportó a la infancia escolar por unas fracciones de segundos: el dolor seco y acompasado de los palmetazos infligidos por el profesor en las palmas de las manos. En cuestión de segundos, las secas y rítmicas punzadas se trasladaron a los codos y luego vertiginosamente a los hombros. Pereira apenas tuvo tiempo de sentir que algo iba mal y de experimentar una ráfaga de miedo, cuando sus rodillas flaquearon, cayó al suelo y la pesada tapa cayó cerrándose con estrépito.

La gente se arremolinó en torno a un Pereira jadeante y extenuado, blanco como la cal postrado de rodillas junto a la escotilla cuya tapa aún aferraba con ambas manos por los asideros. Marineros y visitantes trataban de ayudar, unos abanicando y otros proponiendo el remedio de la abuela. Pronto acudió Begoña, la enfermera de a bordo, quien tendió a Pereira en cubierta y le sometió a un reconocimiento completo.

—Bah… no tienes nada, aparte de la conmoción. Marcha a tu camarote y te tiendes y descansas un rato —recomendó Begoña.

—¿Y dices que ese golpeteo era como un calambre…?—preguntó Xose.

Xose y Alfonso, el electricista del buque, estuvieron un rato revisando la cafetera y la plancha metálica, y llegaron a la conclusión de que la cafetera estaba derivada, haciendo contacto con la plancha.

—¡Jooooder con el sevillano —exclamó Alfonso— pues se ha comido 380 voltios el chaval…!

Esa misma noche zarparon de Huelva rumbo al Estrecho de Gibraltar.

El «Patriarche» llevaba el piloto automático averiado (cosas de la idiosincrasia de los arrendatarios…), por lo que las guardias eran auténticas guardias al timón, con un timonel fijo durante cuatro horas a la caña del timón. Pereira coincidía en el cuadrante d guardias con el segundo oficial, el también sevillano Manuel, y tuvo la suerte de llevar el timón con él durante el comienzo del paso del Estrecho.

Pereira quedó maravillado y confuso ante la visión de las constelaciones de luces de posición y de identificación del río de embarcaciones que fluía en ambos sentidos. Era incapaz de identificar las combinaciones de luces, y todo lo aprendido sobre el Reglamento en clase quedaba en papel mojado, para gran fastidio de Pereira. Manuel, observando la frustración de su paisano, con un alarde de paciencia fue identificándole los buques que les salían al encuentro y las acciones que debía tomar al timón.

César salió al puente y compartió con Pereira una lección tan magistral como gratuita.

La siguiente guardia correspondía a un carpintero portugués que no había navegado nunca, con José Luís como oficial. El portugués no acababa de entender las órdenes, José Luís no tenía paciencia para repetir ni traducir, y acababa sacando al timonel de su puesto para poner él mismo el barco a rumbo.

César y Pereira pululaban por el puente de una rampa a la otra, observando todos los instrumentos y manipulando algunos como el Radar—Plotter (una verdadera virguería que resumía en una réplica consola G.P.S., radar y otras funciones).

Pereira disfrutaba especialmente de esta delicia, y manipulaba frecuentemente sus funciones, pasando de una a otra y dedicándose a verificar observaciones inusuales, maniobras, etc.

En cuanto José Luís vio a Pereira manipular aquel aparato se le acercó, taimadamente, para preguntarle si tenía formación para hacerlo.

© 2007 Sostiene Pereira